Con mucho trabajo conseguimos cupo para nuestra pequeñita en el jardín de niños. Creímos que era una bendición porque, aún cuando su papá y yo trabajamos, no podemos pagar un colegio particular. Tengo muy presente el primer día que la llevé a clases; ella iba muy contenta a la escuela, tenía mucha ilusión de jugar con sus amiguitos, pintar con las crayolas y hacer figuras de plastilina. A diferencia de otros niños, ella no lloró en ese primer día de clases, entró triunfal a la escuela; se veía tan linda con su uniforme nuevo y ese brillito en los ojos que expresaba a gritos “soy niña grande.”
Por eso me llamó tanto la atención que conforme el año escolar avanzaba, ella empezó a orinarse en la cama, a no querer levantarse para ir al kínder, a maltratar sus juguetes, a ser agresiva y estar siempre a la defensiva, por lo que fui a hablar con la directora del kínder, quien me dijo que era parte de un proceso normal, que pronto se le pasaría. De hecho trajeron una psicóloga que me dijo que mi hija estaba muy bien.
Yo no tenía idea de que eran 22 los angelitos que estaban pasando por el peor infierno de sus recién estrenaditas vidas, que eran abusados sexualmente por los conserjes y maestros de esta escuela y que la directora protegía tal situación. En junio, gracias a la valentía de uno de nuestros pequeños supimos lo que sucedía y denunciamos. En octubre se giró la orden de aprehensión, ahora la delegación nos invita a acudir a terapia hasta diciembre…¿Y luego qué sigue? ¿Dónde queda aquel discurso de que las escuelas son un espacio seguro?